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Mi testimonio

Mi nombre es Juan Pablo Arcila Ramírez. Nací en Apartadó, Antioquia, pero fui registrado en Unguía, Chocó.

Para hacerlo más corto, fui una persona que no estudiaba, le gustaba el licor y las mujeres. Eso me llevó a la enfermedad. Estudiaba inglés en el Colombo Americano, sede centro. Conocí a un chico que me invitó a una fiesta. Hasta entonces era virgen. Así que llegué al lugar donde me había indicado para irnos a festejar. Yo pensé que llegaría caminando, como era lo acostumbrado en mis amistades, para luego tomar un taxi o algo, pero él llegó en carro. Realmente me asustó, pero me monté. Cuando llegamos, vi que era en el centro de Medellín, pero lo que vi al llegar me sorprendió. Era una iglesia. Se llamaba CENFOL. Recuerdo entrar a la iglesia y saber que él me iba a dejar allí, así que no intenté ni girar para verlo. Ya sabía que se había ido.

Cuando terminó la reunión, tomé aire porque sabía que era pesado lo que me esperaba de regreso a casa. Salí de la reunión, sin despedirme. Mientras caminaba a casa, cerca de las torres de Bomboná, donde pagaba mi papá una pieza para mí, miraba a los indigentes de las calles del centro queriéndose abalanzar sobre mí. Pedí ayuda a Dios. Meditaba en lo que había pasado y sobre lo que dirían mis amigos del Chocó, con los que crecí, de mi conversión. Se lo dejé todo a Dios.

Después de eso conocí una chica, perdí la virginidad y todo empezó a decaer. Ya no sentía la misma alegría, comencé a escuchar voces de la nada, me sentía muy depresivo. En esos momentos estaba en la universidad. Mi mente era un caos. Sentía que escuchaba los pensamientos de los demás y lo mal que pensaban de mí. Me sentía pésimo. Me fue muy mal en la U. Terminé con un promedio de 3.1. Recuerdo uno de esos días en los que tomaba el metro, que estaba en la plataforma mirando los rieles. Podía saber que ya venía el tren. Recordé a mi madre y lo feliz que fui de niño viajando con la Pony Fútbol del Carmen de Atrato a Jardín, a Andes y a otros municipios con el equipo. Volví a mirar hacia abajo y sabía que si me tiraba me esperaba un infierno de fuego. A decir verdad, pensé en lo mucho que sufriría mi madre al saber que ya yo no tenía salvación, ni siquiera por mí. Así que esperé, miré al cielo, pasé saliva y desistí. Cuando llegó el tren, subí y todo se calmó un poco. Decidí confiar en Dios, pero mi lucha continuaba. Me enfermé de herpes genital en una relación sexual. Buscaba un poco de «amor», la verdad estaba muy mal. Decaí mucho más. No le veía sentido a la vida, pero aun así seguía luchando. Recuerdo un día, después de ser llevado de un lugar a otro por mi mamá, tratando de sacarme de esa condición, que decidí entregarle mi vida a Dios. Vivía en San Antonio de Prado. Caminé hasta la iglesia del parque y entré. Pasados unos segundos, todo se volvió lento a mis ojos. Trataba de mirar al cura de la predicación, no sabía qué pasaba.
Ni las imágenes las podía ver, cuando de pronto sentí a mi espalda una presencia oscura y muy malvada, como nunca había sentido algo en mi vida. Yo sentía que si miraba atrás esa cosa me llevaba; así que cerré los ojos y empecé a oír lo que decía el sacerdote.

Al poco tiempo, la presencia maligna desapareció, la misa terminó y yo me tuve que ir a casa.

Tiempo después conocí a una pastora. Yo iba todos los días a misa y repartía volantes del Señor de la Misericordia, pero estaba recluido en casa. No andaba nada bien. Ese día cambió todo. Yo no podía dormir. Ella me invitó a una terapia. En la terapia ella oró por mí. La pastora se llama Luz Martina Quintana. Tiene una clínica para el alma. Yo le conté todo lo que me pasaba; al final ella me dijo: hoy vas a dormir, y yo me quedé como pasmado, sin saber lo que pasaba, solo pensaba… ¿cómo es que ella me va a decir que voy a dormir y yo voy a dormir así, como así, no más? No le dije nada. Llegó la noche, me acosté normal, sin pensar en ello. Al otro día me desperté de madrugada, no sabía qué hora era y sentía como si hubiera dormido quién sabe cuántos días. Me volví cristiano y hoy ayudo a que muchas personas conozcan a Cristo. He creado esta empresa con esa dirección. Mi propósito es dar a conocer a Jesucristo y que personas como tú puedan saber que hay salvación en Él.

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